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Sin lugar a dudas, el inicio de esta década pasará a la historia por la pandemia
del Covid-19, la que está dejando miles de muertos por todo el mundo y ha
expuesto la fragilidad de una humanidad que hasta hace poco tiempo atrás se
sentía, en mayor grado, invencible. Además, ha quedado en evidencia la
precariedad en la que una parte del mundo ha vivido por décadas, incluso en
medio de los países más desarrollados.
Sin embargo, desde hace ya un buen tiempo hay otra pandemia que azota a la
sociedad y, si bien el número de víctimas fatales que reporta es
considerablemente menor, el porcentaje de contagiados es muchísimo mayor.
Hablamos aquí de la infoxicación, esa enfermedad producida por la
exposición permanente y sin filtro a la enorme cantidad de información
que está disponible en la palma de la mano de niños, adolescentes, adultos y
ancianos de todos los niveles socio económicos en prácticamente todos los
rincones del planeta.

Es una enfermedad que genera alta dependencia, muchos de sus síntomas
pasan desapercibidos por padre, profesores y autoridades y termina afectando
el día a día de millones de ciudadanos.
Riesgos cuantitativos y cualitativos
Una primera cara de la pandemia de la infoxicación es la cantidad de
información que está disponible en Internet. Veamos algunas cifras.
En su reporte anual Digital 2020, We are social y Hootsuite dan cuenta una vez
más de las dimensiones de lo que estamos hablando. Más de 4.500 millones
de personas tiene acceso a Internet en el mundo, constituyendo el 59% del
planeta y de ellas 3.800 millones son activas en alguna red social. En
promedio, agrega el estudio, una persona ocupa 6 horas y 43 minutos al día en
Internet, es decir, más de 100 días al año.
Lo que ocurre en Internet es también difícil de dimensionar. Según datos
obtenidos por Smart Insight este año, cada 60 segundos se envían 294.000
millones de mails, de los cuales sobre el 80% son spam; además, se realizan
4.400 millones de búsquedas en Google, se envían 54 millones de mensajes
por WhatsApp y se suben 500 horas de video a Youtube. El panorama en otras
redes sociales y sitios es muy similar.
Cada minuto, por ejemplo, un millón de personas accede a Facebook, se
postean 277.000 historias en Instagram, se descargan más de 390 mil
aplicaciones, 700 mil horas se ven en Netflix, se realizan 1.4 millones de
contactos en Tinder, y se concretan casi 10 mil viajes sólo en Uber.
Chile, en este aspecto, no se queda atrás. Según el mismo estudio mencionado
de We are social y Hootsuite, este 2020 hay 15.7 millones de chilenos
conectados a Internet, poco más del 80% de la población nacional. Además,
prácticamente la misma cantidad – un 79% del país – es usuario activo de las

redes sociales. De ellos, 12 millones tienen Facebook, más de 8 millones
Instagram, 5.4 millones LinkedIn y casi 2.5 millones Twitter.
En el país hay más de 26 millones de celulares conectados… cuando la
población nacional es de cerca de 19 millones.
Por último, vale la pena asomarse a lo que más ven los chilenos en Internet. De
las 10 primeras páginas visitadas cada día destacan Google, redes sociales, un
sitio pornográfico, un banco y Wikipedia.
Durante la pandemia del Coronavirus, los chilenos hemos aumentado
fuertemente el consumo de plataformas de videos y música por streaming,
aplicaciones de delivery, redes sociales como la china TikTok y sitios de
videojuegos en línea.
Es este tsunami de contenido que se pasea frente a los ojos de los ciudadanos
la principal causa de infoxicación. Cuantitativamente es muchísima la
información que circula para ser al menos considerada por un ciudadano de a
pie.
Por otro lado, una segunda cara de la pandemia de la que hablamos ya no es
cuantitativa, sino cualitativa. En medio de esta marea de información, la
mayoría de las veces de calidad, necesaria y con un aporte real, se cuelan
noticias, mensajes, tweets, imágenes que afectan al usuario negativamente.
Quizás el ejemplo más comentado sea el de las denominadas fakenews,
entendidas éstas como esas informaciones que intencionalmente generan una
distorsión de la realidad y buscan, en la mayoría de los casos, producir un
daño.

Este tipo de productos encuentran, en la marejada de las redes sociales, una
tierra fértil, pues en la cantidad, la rapidez y la instantaneidad se hace
prácticamente imposible distinguir entre lo real y lo ficticio.
En tiempos de la pandemia sanitaria que nos aqueja, las fakenews se han
multiplicado en número y se expanden más rápido, muchas veces con la ayuda
de medios y políticos imprudentes, pero la mayoría de los casos por el
desconocimiento y atolondramiento del ciudadano común y corriente.
Los tres falsos positivos de la infoxicación
Los aportes de las nuevas tecnologías son incuestionables. La información se
ha democratizado y los muros del acceso a datos relevantes y necesarios se
han derribado. Y eso es motivo de celebración. Pero también es urgente darse
cuenta que existen riesgos, amenazas e ilusiones.
De modo rápido se puede decir que las nuevas tecnologías y la marea de datos
que circula por todo el mundo ha traído como beneficios el hecho de que, en
comparación con unas pocas décadas atrás, estamos más informados,
estamos más conectados y somos más sociables o protagonistas de lo social.
Esas tres afirmaciones pueden ser verdaderas, pero deben ser vistas y
asumidas con ponderación, pues plantearlas de modo atolondrado genera esos
“falsos positivos” de los que hay que estar prevenidos.

En primer lugar, no es tan cierto el hecho de que por tener en nuestro teléfono
inteligente acceso a toda esa marea de información estamos más informados
que lo que estuvieron nuestros abuelos. Son varios los autores que han
señalado que Internet y sus alrededores atentan directamente a la capacidad
personal de concentración y contemplación. Es tanta la información disponible
que finalmente accedemos a una pequeña porción de ella, muchas veces la
que los algoritmos rebuscados de las propias redes nos permiten.
En segundo lugar, tampoco es un hecho el que gracias a estos instrumentos y
datos estemos más conectados unos con otros. Un puñado de autores también
ha venido insistiendo desde hace al menos dos décadas que un efecto adverso
de la tecnología es que nos aislamos y terminamos volcados a nosotros
mismos. Es tanta la posibilidad de estar conectados con todos que finalmente
no nos conectamos significativamente con nadie.
Por último, y en la misma línea, la sensación de que podemos estar
participando más de eventos sociales y, por lo mismo, siendo más
protagonistas de los cambios profundos que puedan estar sucediendo, puede
ser también otra ilusión, pues en general nos conformamos con postear un
hashtag comprometido o retuitear un llamado a la acción, pero, en la práctica,
no hacemos nada. Es un hecho ya bastamente documentado que en las
últimas décadas la participación política, cívica, religiosa, laboral, recreativa y
familiar ha decaído considerablemente.
Así, la mayor información, conectividad y sociabilidad son ilusiones que
generan las nuevas tecnologías y la inmensa cantidad de data a la que
tenemos acceso. En definitiva, podemos estar más informados, más
conectados y ser más sociables gracias a todos estos instrumentos… pero en
la práctica esto no se da por el mero hecho de que exista tal posibilidad. Cada
uno debe poner de su parte.

En medio de estas tres ilusiones mencionadas se encuentran los ciudadanos.
Padres de familia, profesores, adolescentes, políticos, empresarios y un largo
listado de personas que consumen sin detenimiento una cantidad de
información dispuesta ante sus ojos por alambicados algoritmos que
sencillamente no saben distinguir su calidad y veracidad.
Dicho lo anterior, debe quedar en claro que este no pretende ser una alerta
apocalíptica de lo que significan, por ejemplo, las redes sociales, sino más bien
un llamado de atención para que se entienda que, como cualquier artefacto,
tienen riesgos en su uso, aunque sea evidente el cúmulo de beneficios que
conlleva su existencia.
Por lo mismo, un aspecto positivo frente a la infoxicación es el hecho de que
desde hace ya un buen tiempo existen vacunas que, si bien no nos pueden dar
una confianza despreocupada, si nos permiten generar los anticuerpos
necesarios para evitar cualquier asomo de esta patología moderna.

La vacuna más efectiva
Frente a la infoxicación, todos somos responsables de evitar su expansión. Por
lo mismo, es necesario que cada ciudadano cuente con las competencias
básicas para conocer los canales y plataformas desde las que puede acceder a
distinto tipo de información y discriminar lo bueno y útil de lo malo y dañino.
Para ello, es importante que las autoridades – gubernamentales, educativas,
familiares y de la sociedad en general – procuren la alfabetización digital de
los ciudadanos. Tal como existe formación en educación cívica, parece
necesario que haya instancias formativas en las que se enseñe a las personas
a prevenir, desde su particular lugar en la sociedad, la expansión de datos
equivocados.
Por ejemplo, más allá de las críticas, justas o injustas, que han recibido los
medios de comunicación en el último tiempo, es importante destacar, incentivar
y apoyar iniciativas como las iniciadas por diferentes plataformas noticiosas
para ser capaces de separar lo exacto y difundirlo.
Varias de estas iniciativas de factchecking se han hecho notar desde el inicio
de la pandemia, aplicando minuciosos controles a las noticias que comienzan a
circular especialmente en redes sociales. Es el nuevo periodismo, ese que
vuelve a los orígenes de la profesión y protege a la verdad ante sus múltiples
amenazas.
Además, es importante que cada uno de nosotros sea capaz de aplicar ciertos
criterios a la hora de enfrentarnos a la información y poder distinguir con ojo
crítico lo correcto de lo equivocado.
En ese sentido, la BBC y otros profesionales entregan algunas pautas útiles
para no caer en la trampa de las fakenews, lo que es aplicable a todo tipo de
información que circula por la red. Por de pronto:
1. Desconfía de las noticias que te generan altas dosis de emoción. Por lo
general, las informaciones falsas buscan eso: exaltarte para bien o para
mal de manera brusca.
2. Considera quién te lo está diciendo. ¿Lo conoces? ¿Tiene las
credenciales suficientes como para estar diciendo eso? ¿Lo está
diciendo de forma racional?
3. Dale una vuelta más si eso que estás leyendo, viendo o escuchando
contrasta de manera muy extrema con lo que tú ya sabías del asunto.
No desconfíes de tu propia intuición y contrasta con lo que tú ya sabes.
4. Verifica siempre dónde fue publicada esa información. ¿Es un lugar
conocido?

5. Revisa la URL. La dirección de las fakenews muchas veces se asemeja
a los sitios oficiales de comunicación, pero hay una letra, un número, un
detalle que hace que ese sitio no sea el oficial.
6. Averigua si alguien más está hablando de eso y quién lo está haciendo.
Si eres la única persona que se ha enterado, probablemente sea una
trampa.
7. Cuidado con las fechas. Verifica la fecha en la que esa información fue
publicada originalmente. Muchas veces se cometen errores publicando
información antigua como si fuera nueva.
8. Revisa si el texto o el audio está bien realizado. El poco probable que un
profesional de la comunicación cometa errores de ortografía o redacción
muy explícitos.
9. Si la información que has recibido te exige que la compartas, sospecha
de ella. Por lo general, la buena información no necesita pedir que se
comparta, mientras que las fakenews lo hacen porque viven de ello.
10. Si ves un error, corrige; si ves una mala intención, denuncia. No dejes
pasar una información equivocada para que otros caigan en su contagio.
Así, con cierta alfabetización de parte de las autoridades y de cada uno de
nosotros, se generan anticuerpos contra la infoxicación y, aunque el virus siga
dando vueltas permanentemente, la clave es hacer cada vez más cotidiana la
necesidad de todos de hacer lo necesario para adquirir la inmunidad.
Queda así planteada la virulencia de la infoxicación, sus falsos positivos y su
principal antídoto. Ahora el autocuidado, una vez más, hará la diferencia.

Nota periodística:

Alberto Pedro López-Hermida Russo para Laboratorio Bagó Chile.

 

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